En el mes de mayo de 1931, el Comité Olímpico Internacional, escogió a Berlín como sede de XI edición de los Juegos Olímpicos. Aunque Barcelona era la favorita, pero no fue elegida a causa de su inestabilidad política en ese momento (ya que se proclamó La Republica).
Hitler, era designado
en enero de 1933 como “canciller de Alemania” (líder del Partido Nazi);
transformando la frágil democracia parlamentaria en una dictadura unipartidista
con una combinación nefasta de: militarismo, racismo, antisemitismo y
nacionalismo extremo.
La Oficina de Deportes
del Reich, dirigida por un acérrimo Nazi (Hans Von Tschammer und Osten)
fomentaba al “deporte” como parte del impulso para fortalecer la “raza aria”,
con el fin de ejercer el control político de los ciudadanos y preparar a los
jóvenes alemanes para la guerra. Los atletas “no arios”, o sea, judíos y
gitanos, que eran excluidos sistemáticamente.
Los Juegos Olímpicos
de Berlín, fueron “pensados” y “planeados” por Adolf Hitler como una “perfecta
vidriera”, para presentar al mundo, la idea de superiora de la raza aria;
exigiéndoles a los deportistas alemanes obtener la mayor cantidad de melladas
olímpicas. Así quedaría plasmada la
supremacía aria frente a los atletas de distintas razas.
Pero con un “gesto”
que paso a la historia, el atleta alemán conocido como Luz Long, el cual, aquel
dia de la gran final de longitud, dio por tierra las expectativas de Hitler,
calmando y alentando a su adversario estadounidense Jesse Owens a efectuar el
último salto sin nulidad. Owens logra la medalla de oro y un récord olímpico
que duró 24 años.
Esta hazaña no la pudo
soportar Hitler, retirándose del estadio ante el bochorno de que “un atleta
negro superara a su atleta ario”.

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